Primera cumbre

Si te pones a pensar en todo lo que uno hace para salir a pedalear, lo primero que se viene a la cabeza es que lo más importante son las ganas. Muchas ganas.

Por Javier Avila

Pienso en eso al intentar salir de una hondonada a la que me metí por darle lugar a un ciclista que venía bajando. Me queda un último obstáculo: una enorme piedra. Tengo que elegir entre destrabar los pedales y detener la marcha o pasarle por encima. Elijo la segunda opción. Pongo plato chico, aliviano la rueda delantera, sostengo con firmeza el manubrio y encaro.  Pedaleo más rápido. Lo logro: estoy afuera.  Vuelvo a la huella marcada en la calle por otras bicicletas.

Ahora la subida se me hace más sinuosa, más pesada. Trato de recuperar el aire después del esfuerzo, pero tengo que cargar el piñón porque necesito velocidad, me estoy quedando sin equilibrio. Pienso que no puedo más, que debería detenerme, pero no, aún me queda resto, porque tengo muchas ganas, y siempre que estén las ganas hay resto para seguir.

Son las tres y media de la tarde. En la calle que va desde la ruta panamericana hasta la tranquera de ingreso al puesto El Peral hace un calor de infierno, y eso que dicen que el día está fresco. El recorrido es de unos diez kilómetros cuesta arriba. La traza parece el cauce de un río seco. Atravesada por diez viejas picadas de exploración petrolera, es la principal vía de acceso a las propiedades y puestos de la zona conocida como “Los Senderos de Chacras”.

Se trata de terrenos privados con una extensión de aproximadamente 5000 hectáreas, con 170 kilómetros de senderos marcados sobre los cerros del pedemonte de Chacras de Coria, Luján de Cuyo. En total, dicen que los recorridos alcanzan unos 300 kilómetros. Allí, cada día, cientos de personas (novatos, amateurs y profesionales) practican ciclismo de montaña y running.

El tramo no tiene complejidad técnica, pero es muy utilizado para entrenar fuerza y resistencia. La tranquera de El Peral, al final de la calle, es la primera de diez cumbres que haremos junto a los amigos de Rio Bike Park. Para los ciclistas más o menos entrenados es una trepada simple, incluso aburrida. Pero para mí, que en la pandemia prácticamente colgué el casco y los guantes, es un desafío, un gran recomienzo.

Allá voy

Llevo unos veinte minutos de pedaleo. Me queda más de la mitad para llegar.  Mi comienzo fue algo accidentado. Aunque en la mañana había preparado la bicicleta y el equipo, cuando iba llegando a los Senderos me percaté que faltaba el casco. Tuve que regresar a casa a buscarlo. Por eso empecé media hora más tarde que el resto. Ya pasé el Cartel Negro, la subida a la antigua Casa Quemada y el Club de Aeromodelismo. De pronto aparece, el guía del grupo. Ha bajado a buscarme.  -Vas a muy buen ritmo, me dice, y se coloca junto a mí. Trato de sostener la cadencia. Avanzamos un rato en silencio. Cuando tengo algo de oxígeno, conversamos. 

En esta zona es habitual cruzarse con zorros grises, arañas pollito o martinetas, como la que ahora pasa tranquilamente frente a nosotros. El entorno está lleno de jarillas, matorrales xerófilos y formaciones de cactus. Poco a poco, mi cuerpo se adapta al esfuerzo. Seguimos subiendo hasta “Piedra Grande”, una roca enorme situada al costado de la calle. Es habitual encontrar a ciclistas subidos/as a ella, contemplando el paisaje o sacando fotos.  Hacia el oeste, puede verse el imponente manto de vegetación autóctona que se extiende sobre los cerros hasta donde alcanza la vista. Hacia el este, mucho más abajo, está la ciudad, con sus caseríos y avenidas diminutas.  

Encaramos el último tramo: desde la Piedra Grande hasta la tranquera del puesto El Peral. Son dos o tres kilómetros. Empiezo a sentir que no doy más. Detrás de la última curva asoma la meta. ¡Al fin llegamos! Nos espera el resto del grupo.

Siempre hay algo de épico en una cumbre, por más pequeña que sea. Y si es en bicicleta mucho más.  Porque la bici te enfrenta a tus límites mentales, te pide más, siempre un poco más. Pero vale la pena, porque la recompensa es mucho más generosa que todo el esfuerzo.

Ahora nos espera el Gran Premio: la bajada de regreso. Elegimos Cromañón, un circuito que une la Picada 3 con la Picada 10.  Antiguamente pasaba por donde ahora está Barrio La Magdalena, pero cuando construyeron el barrio se modificó y fue rebautizado como “Cromañón 2”.  Zigzagueamos durante aproximadamente una hora, atravesamos pequeñas quebradas, bancos de arena y escaleras de piedra. Finalmente rodeamos la Casa Quemada y salimos a la calle El Peral. Allí el cansancio es felicidad y anécdota. Brindamos en el Rincon Biker de Patricia: por nuestra primera cumbre.  Y por las nueve que vienen. 

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